Antes de ocupar su lugar en la línea, cada entrenador tuvo un punto de partida que marcó su relación con el baloncesto. ¿Cómo llegaron a este oficio? ¿Qué los motiva a seguir en él? Las respuestas son diversas: unos lo llevan en el ADN porque nacieron en familias ligadas al deporte; otros fueron jugadores que, al dejar la competencia, encontraron en el entrenamiento una forma natural de permanecer en el juego; otros más descubrieron en la formación deportiva un espacio para orientar, acompañar y formar seres humanos. Hoy, en la XII Copa Internacional Promesas, todos confluyen con un propósito común: guiar a jóvenes atletas en un proceso que trasciende los fundamentos técnicos. Su labor combina experiencia, vocación y una convicción firme de que cada deportista necesita algo más que un sistema de juego: necesita a alguien que crea en su potencial antes de que ese potencial sea evidente.
Baloncesto desde la cuna
A Harold Hoyos, del Club Tiburones de Barranquilla, la pasión le viene de casa. Hijo de un entrenador de baloncesto, comenzó a practicarlo a los 8 años, alternándolo hasta los 14 con el fútbol. Luego, a los 17, cuando debía decidir su camino profesional, consideró la medicina y la fisioterapia como opciones; sin embargo, un día se dijo “no, lo mío es el deporte”. Con esa determinación resolvió hacerse entrenador y, llevando consigo el legado de su padre, inició su camino.

Su trayectoria le ha permitido comprender que lo más desafiante de su labor es tener en sus manos el desarrollo técnico, físico y mental de niños y jóvenes. Resalta que los entrenadores, al tener tal responsabilidad, deben ser los más formados siempre. “A veces tenemos que saber un poco de medicina, saber un poco de psicología, saber mucho de valores para formar estas generaciones que llevarán la bandera de este país”.
Además del entorno familiar que lo rodeó desde niño —su tío también fue jugador—, Harold reconoce en los Caimanes del Atlántico y en figuras como Michael Jordan referentes que han orientado su manera de entender el oficio, hasta convertirlo en una convicción más que en un trabajo.
La Copa lo convenció desde su primera visita, el año pasado. Dice que no piensa faltar y que el Club Tiburones siempre traerá al menos un equipo. Lo que más destaca es la organización: la cantidad de personas involucradas, la atención al detalle y el despliegue comunicacional que —como esta misma entrevista— le habla de un evento sólido y profesional. “Muy pocos lunares, realmente”, comenta, antes de admitir que, en este momento, no le encuentra ninguno.
Hoy, mientras acompaña a sus jugadores en la XII Copa Internacional Promesas, Harold entiende que su tarea no se limita a dirigir un partido, sino que también significa custodiar un legado. Cada corrección, cada palabra al oído, cada gesto de confianza es parte de la herencia que recibió y que ahora entrega. Su historia demuestra que el baloncesto no solo se enseña desde la técnica, sino desde la convicción de que formar atletas es, al final, formar carácter. Por eso vuelve, y por eso —como él mismo dice— no faltará: porque sabe que en estas canchas también se forja el futuro.
El colegio como influencia
Norlan Knight, del Club Tigres de Cartagena, encontró su rumbo deportivo desde los años de colegio. Aunque su primera cancha fue la del fútbol —un camino que varios de sus familiares recorrieron hasta el profesionalismo—, el destino le cambió el balón cuando una profesora de educación física vio en él cualidades para el baloncesto. Esa observación, simple pero decisiva, abrió la puerta a una carrera de casi dos décadas y que lo llevó a vestir la camiseta del club Bravos de Cartagena como jugador profesional.
Su formación académica terminó de darle sentido a esa transición del jugador al formador. Norlan estudió licenciatura en educación física y luego cursó una maestría en educación inclusiva, un camino que no sólo amplió su comprensión del deporte, sino que le dio las herramientas pedagógicas para mirar a sus atletas más allá del rendimiento. Esa base es la que hoy sostiene su convicción de que la verdadera exigencia del oficio está en acompañar a los jóvenes en su desarrollo integral: técnico, físico, mental y humano.

Para él, el reto central es claro: ayudar a que cada niño y cada adolescente entienda que el deporte es una experiencia valiosa, pero que su proyecto de vida va mucho más allá de una competencia. Por eso insiste en guiarlos con claridad hacia un propósito personal, uno que incluya disciplina, estudio y responsabilidad. Esa mirada, dice, es la que permite que el baloncesto no se quede solo en el juego, sino que se convierta en una herramienta para construir ciudadanos.
A lo largo de más de diez años como entrenador, Norlan ha encontrado en el crecimiento de sus deportistas la confirmación cotidiana de su labor. Ver cómo cambian sus formas de pensar, cómo asumen nuevas responsabilidades y cómo empiezan a comprender que la vida exige más que talento deportivo es, para él, el mayor indicador de que el trabajo va bien encaminado. En el club, insiste, buscan que cada chico viva experiencias que amplíen su mirada del mundo y que, a su vez, puedan convertirse en referentes para otros. Esa cadena —la experiencia que transforma a uno y luego se replica en otro— es, en esencia, lo que más lo motiva a seguir en este rol.
Esta es su primera participación en la Copa como entrenador, aunque ya había venido a Medellín en otros contextos competitivos. Para sus jugadores, en cambio, la experiencia es completamente nueva, y tanto ellos como los padres coinciden en que el torneo representa algo “diferente”, una oportunidad para medir su nivel, convivir con otros equipos y asumir el deporte desde una perspectiva más amplia. Norlan valora ese impacto, entendiendo que estos espacios no solo forman jugadores, sino que abren horizontes.
El deporte como proyecto familiar
Manuela Uribe llegó al baloncesto por una vía natural: la familiar. Su historia está entrelazada con la del Club Deportivo Raptors, proyecto que su familia levantó en Pereira y Dosquebradas movida por el mismo amor que ella sintió desde que fue jugadora. Para Manuela, el baloncesto no es solo un deporte, es un entorno que ha acompañado cada etapa de su vida y que hoy se convierte en escenario de su labor formativa como entrenadora.
En su rol actual, identifica un reto que atraviesa el trabajo con niños: el manejo de las emociones. Las derrotas, la frustración, la euforia o el miedo —dice— son parte del proceso y requieren un acompañamiento cercano para convertirse en aprendizajes. Cuando los deportistas logran gestionar esas emociones, añade, no solo compiten mejor: crecen como personas, ganan seguridad y entienden que el deporte también es una escuela de carácter.
Al mismo tiempo, reconoce que hay un aspecto del oficio que le produce una satisfacción particular: vivir el baloncesto desde adentro, desde la enseñanza. Ver cómo los chicos avanzan en su proceso, cómo adquieren confianza y cómo cada entrenamiento les abre una posibilidad nueva, es para ella el motor más fuerte de su trabajo diario. Y si tuviera que convencer a un niño de entrar al deporte, lo haría de manera simple: llevándolo a un partido. “Es muy fácil enamorarse del baloncesto”, afirma, convencida de que la emoción del juego habla por sí sola.
Su mirada formativa va más allá de lo técnico. Para Manuela, ser entrenadora implica asumir un papel que se parece, en muchos momentos, al de una madre: acompañar, orientar y estar pendiente de cada gesto y cada relación del grupo. En ese espacio, dice, se construyen valores esenciales —respeto, tolerancia, disciplina— que definen al deportista, pero también al ciudadano que será mañana.
Esta es su primera participación en la Copa Internacional Promesas y la experiencia la entusiasma. Valora el nivel competitivo, la diversidad de regiones presentes y el ambiente que combina formación y alto rendimiento. Sabe que cada torneo suma, tanto para sus jugadores como para el crecimiento del club, cuya meta es convertirse en una institución cada vez más sólida y competitiva. Participar aquí, asegura, es un paso más en ese camino.











